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Reflexiones sobre la paz en Colombia

La verdad sea dicha, transcurridos más de cinco años del Acuerdo de Paz, no se ha terminado el conflicto – cerca de una tercera parte de las Farc volvió a la guerra -, tampoco estamos en paz, no hay reforma rural, ni se ha terminado el problema de las drogas ilícitas

Foto: Archivo particular.

Por: Néstor Raúl Correa, Exsecretario ejecutivo de la JEP

El grupo de las Farc, para suscribir el Acuerdo de Paz con el gobierno colombiano, partió de tres premisas: primero, que Colombia era un país fallido. Segundo, que el levantamiento en armas fue legítimo porque ante la injusticia ellos se erigían como un grupo que tenía la receta mágica, la solución final para superar esa situación. Tercero, que el país estaba dividido en dos, entre institucionalidad e insurgencia, y que por tanto había que hacer un acuerdo entre pares.

Ninguna de estas premisas es cierta, por lo siguiente: en primer lugar, no es cierto que Colombia era ni es un país fallido, sino que es un país con instituciones democráticas, con un Estado de derecho y con crecimiento económico. Además de eso, las cifras duras dan cuenta del enorme progreso social que ha tenido el país durante las décadas en que existieron las Farc. A partir de 1960 el país empezó a crecer y Colombia entró al nuevo milenio con una población más numerosa, más longeva, más rica, más sana y más educada que nunca. La clase media es ahora más numerosa que la población en situación de pobreza. En efecto, entre 1960 y 2010, cincuenta años en los que la población pasó de 16 a 45 millones de habitantes, las cifras del país evidencian una impresionante mejoría:

  • El analfabetismo bajó del 30% al 6%: la educación llegó de 11 a 42 millones, o sea que se crearon 31 millones de nuevos cupos educativos.
  • La esperanza de vida aumentó de 55 a 69 años.
  • La mortalidad infantil bajó de 59 a 12 muertes por cada mil nacimientos: más de 50.000 niños salvados de la muerte.
  • La desnutrición bajó del 32% al 9%: la nutrición pasó de 11 a 41 millones, o sea 30 millones de nuevas personas nutridas.
  • El agua y la energía llegaron del 39% al 96% de los hogares: estos servicios llegaron de 6 a 43 millones, o sea 37 millones de nuevas personas con agua y energía.
  • El alcantarillado pasó del 30% al 90%: pasó de 5 a 40 millones, o sea 35 millones de personas nuevas con alcantarillado.
  • La pobreza extrema bajó del 50% al 12%: pasó de 8 a 39 millones el número de personas que no se encuentran en situación de pobreza extrema.
  • El PIB per cápita subió de 245 a 6.250 dólares.

Quedan algunas tareas pendientes: no se redujo la desigualdad del ingreso, la propiedad de la tierra experimentó una mayor concentración – sobre todo por el narcotráfico y el desplazamiento forzado –, la corrupción y la inseguridad aumentaron y en general la ética social se debilitó, sobre todo por el narcotráfico. Si bien los espectaculares avances de los últimos cincuenta años se le deben al régimen, también a este se le deben las tareas pendientes: al establecimiento le ha faltado mayor compromiso social, menos desidia y más pedagogía a la gente, al tiempo que su defensa no siempre ha sido por vías legítimas.

Lo de la tierra ameritaría un capítulo aparte, por su balance paradójico: la concentración de la tierra aumentó a pesar de que en el siglo pasado el Estado a través de diversas reformas agrarias distribuyó 23 millones de hectáreas de tierra, lo que es equivalente al tamaño del Reino Unido, dos veces Grecia y seis veces Suiza, incrementando así el número de propietarios y la productividad; además el Estado le escrituró el 28% del territorio nacional a las comunidades indígenas y un 4% más a las comunidades afrocolombianas, comunidades que pasaron a ser de lejos, los mayores terratenientes del país (para tener en total una tercera parte del territorio nacional).

Las cifras del crecimiento y calidad de vida durante esos 50 años habrían podido incluso ser superiores, si no hubiese sido porque a causa de la guerrilla se ralentizó el crecimiento, la inversión, el empleo, la tributación y el bienestar. Al cabo de 50 años de muerte, violencia y destrucción de riqueza por parte de la guerrilla, lo único que ese grupo logró incrementar fueron los costos de transacción y el deterioro del capital humano. Algunos afirman que hoy cada uno de los colombianos es cuatro millones de pesos más pobre por cuenta de las Farc. Según Salomón Kalmanotivz, “se calcula que el costo de contener la violencia en Colombia equivalía a cerca de 11% del PIB en 2014, la mitad de los cuales eran gastos en seguridad del gobierno y de los agentes privados, y la otra mitad tiene que ver con el aumento de homicidios y el crimen violento, las muertes directas que ocasiona el conflicto, los gastos en cárceles, el costo para la propiedad pública y privada y costos asociados a la pérdida de seguridad interna”. Ana María Ibáñez añade que el conflicto afectó la producción agrícola: “las agresiones directas a la población y la violencia, la incertidumbre y el miedo que genera vivir en medio del conflicto y la imposición de reglas por parte de los grupos armados aumentan los costos productivos y obligan a los hogares a modificar sus decisiones de producción”.

Iván Márquez, hace parte de los grupos disidentes de las Farc.

Sin representación

En todo caso, más allá de las cifras, para demostrar lo bien que va el país, basta preguntarle a la gente, sobre todo a los jóvenes: ¿usted hoy vive mejor que como vivieron sus padres y sus abuelos?

En segundo lugar, no es cierto que el levantamiento en armas de las Farc hubiese sido legítimo porque la vía armada no es aceptable moral ni políticamente, porque ese grupo no representaba al pueblo ni tampoco era una solución a los problemas. Veamos:

Uno, no puede aceptar que todo el que esté en desacuerdo con el régimen se levante contra él y lo desafíe por las armas. De admitirse este desafuero, habría que aceptar que se fueran a las armas primero los maestros, después los sindicalistas y más tarde quién sabe, los hinchas del Medellín o los testigos de Jehová. Todos ellos incluso más numerosos y representativos que las Farc. En realidad nadie puede tomar la ley en sus manos. Kant decía que “obra siempre de tal manera que la máxima de tu voluntad sirva de principio de legislación universal”; y Hegel anotaba que lo que uno desea para sí mismo debe también tolerar que el otro lo desee para sí, porque “la conciencia es en sí y para sí para otra conciencia de sí, es decir, que no es sino en cuanto que es reconocida”; en suma, si uno acepta que las Farc se puedan levantar en armas contra el régimen, entonces tácitamente estaría aceptando que cualquier otro inconforme o aburrido también pudiese hacerlo. Y eso sería una locura, cercana al caos y al “estado de naturaleza” de las comunidades primitivas. Curiosa esta reivindicación a subvertirse, que olvida que en los países comunistas está prohibido incluso disentir levemente, pues el pensamiento debe ser único: el pensamiento oficial.

Solo promesas

Dos, las Farc no representaban al pueblo colombiano y su presunta vocería era ilegítima. Nadie los eligió ni les dio poder. Ellos declararon, por sí y ante sí, que eran los nuevos embajadores del pueblo. El “ejército del pueblo”, se autodenominaba, pero el pueblo no lo consideraba así. Por una nueva curiosidad, cuando las Farc se lanzaron a elecciones sacó menos votos que el margen de error: casi nadie votó por ellos. Y en el plebiscito de 2016, organizado para avalar el Acuerdo de Paz, el pueblo les votó en contra: esa fue la voz del pueblo.

Y tres, las Farc no podían ofrecer ninguna solución final a los problemas colombianos. El comunismo, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín en 1989, carecía ya de sentido. El comunismo fracasó en todas partes, a pesar de haber sido ensayado en varios países, durante mucho tiempo y con todos los recursos disponibles. En el siglo XX el comunismo mató más de cien millones de personas, la mayor masacre en la historia de la humanidad: debería haber clases sobre eso, para evitar el negacionismo. En efecto, el ranking de asesinos del siglo XX es el siguiente: Stalin 42 millones, Mao 21 millones, Chan Kai Chek 6 millones (seguiría Hitler en cuarto lugar con 5 millones de judíos asesinados), Lenin 2 millones, Pol Pot 2 millones, Tito 1 millón y los demás líderes de países comunistas, incluido Cuba, asesinaron varios centenares de miles de personas. Por países, China y Rusia llevan la delantera. Por tanto las Farc ya sabían o debían saber, mucho antes del Acuerdo de Paz, que esas políticas que prometían no funcionaban.

Por otra parte, hay que desconfiar de esos mesías que dicen tener la receta definitiva para solucionar todos los problemas. La humanidad está llena de ejemplos tristes, a diestra y siniestra. Y el problema con esa infalibilidad del comunismo es triple: primero, que como posee la verdad verdadera, hay que ser intolerante con los que piensen distinto, pues necesariamente están equivocados; segundo, que una vez llegan al poder, no lo pueden soltar, pues la solución “correcta” no se puede negociar, ya que todas las demás son necesariamente incorrectas; y tercero, que para alcanzar tan altos parabienes, algo así como el paraíso terrenal, todos los medios son legítimos. Sobre esto último, Isaías Berlín anotó: la posibilidad de una solución final “resulta ser una ilusión; y una ilusión muy peligrosa. Pues si uno cree realmente que es posible solución semejante, es seguro que ningún coste sería excesivo para conseguir que se aplicase: lograr que la humanidad sea justa y feliz, creadora y armónica para siempre, ¿qué precio podría ser demasiado alto con tal de conseguirlo? Con tal de hacer esta tortilla, no puede haber, seguro, ningún límite en el número de huevos para romper. Esa era la fe de Lenin, de Trotsky, de Mao…” Ciertamente, el secuestro para las Farc fue durante décadas un medio legítimo, así como el asesinato, la tortura, la violación de mujeres, el reclutamiento forzado de niños, la extorsión y el terrorismo: no había límites en los huevos que se justificaba romper.

En tercer lugar, no es cierto que al momento de celebrarse el Acuerdo de Paz el país estaba dividido en dos, entre institucionalidad e insurgencia, y que por ello era necesario hacer un acuerdo entre pares. Nada más contrario a la realidad. En ese momento lo único que había eran unos 10 o 12 mil guerrilleros armados amenazando a la población y a las instituciones, viviendo del narcotráfico por allá en unos territorios deshabitados e inhóspitos.

En las ciudades el 70% de la población del país era urbana, se vivía como si no hubiese ningún conflicto armado. No se puede afirmar que por el hecho de someter mediante el terror y el miedo al uno por ciento de la población, por ese solo hecho entonces había que negociar entre iguales. Es tan absurdo como pretencioso: ¿cuáles pares? Ni en términos cuantitativos ni en términos de legitimidad había igualdad alguna. El Estado colombiano ha negociado con Pablo Escobar, con los paramilitares y con otra gente, tan peligrosa como las Farc, y no por eso se consideró que hubo un acuerdo entre iguales.

En conclusión de lo hasta aquí expuesto, el Acuerdo de Paz celebrado entre el gobierno colombiano y las Farc partió de tres premisas sentadas por las Farc, que el gobierno colombiano al parecer no objetó sino que asumió (quizás por el afán de desarmar a las Farc, quizás por ingenuidad, ¿quién sabe?); y ninguna de esas premisas es cierta, de manera que todo el andamiaje teórico construido a su amparo se viene al piso.

Pero entonces, si el Acuerdo de Paz no fue eso, ¿qué fue? La respuesta es que tal vez ese Acuerdo fue una coartada para legitimar la rendición de las Farc: había que lavarle la cara a la derrota militar.

Más de ocho millones de colombianos viven en la informalidad laboral.

Sin cumplimiento

El Acuerdo de Paz fue una transacción en la que las Farc se desarmaba y a cambio de ello el Estado le ofrecía unos privilegios personales y una narrativa para disimular la rendición: cambian armas por gabelas. Después de 50 años de cometer delitos, las Farc terminaron por firmar “Actas de Sometimiento” a las autoridades de la República, incluidas las Fuerzas Armadas, a las cuales también se sometieron. Y así fue: las Farc entregaron todo o parte de su armamento y se sometieron al régimen; y a cambio de ello el Estado les dio una justicia especial (la JEP, que nació rápido para evitar que las Farc se devolvieran al monte, como metiendo “un gol de camerino”), les dio cupos en el Congreso y financiación y, sobre todo, les dio un discurso para que la entrega de las banderas de las Farc no se notara mucho: primero, el título del acuerdo, que no podía ser más pretencioso: “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”; y, segundo, el contenido: reforma rural integral, fin del conflicto y solución al problema de las drogas ilícitas, entre otras. Abstracción hecha de que no se puede acordar la política pública y las decisiones de gasto por fuera de los órganos democráticos de elección popular, el punto aquí es que cada palabra, una por una, conduce a la ilusión de la que hablaba Isaiah Berlin: de mesías y paraísos.

La verdad sea dicha, transcurridos más de cinco años del Acuerdo de Paz, ni se ha terminado el conflicto – cerca de una tercera parte de las Farc volvió a la guerra -, ni estamos en paz, ni hay reforma rural, ni se ha terminado el problema de las drogas ilícitas – que de hecho ha empeorado -, ni se ha resarcido a las víctimas, en fin, nada importante se ha logrado, salvo, desde luego, el desarme de las Farc.

El Acuerdo de Paz no lo han cumplido las Farc y el gobierno tampoco. Pero es que no se trataba de eso. Se trataba de representar que se hacía eso, sin hacerlo, claro está. Era una paz de una eficacia simbólica, meramente simbólica. Walter Benjamin escribía que “la humanidad se ha convertido en un espectáculo de sí misma”; Feuerbach agregaba que “nuestra época prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Para ella, lo único sagrado es la ilusión”; Guy Debord añadía que “el espectáculo no dice más que esto: lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece”. Y concluye Byung-Chul Han: “hoy estamos en la transición de la era de las cosas a las no-cosas. No son las cosas, sino la información, lo que determina el mundo en el que vivimos”. El Acuerdo de paz no es pues ineficiente por ser incumplido, sino que es eficiente en tanto que es incumplido. La paz no es la paz en sí, sino que la paz es su espectáculo, su representación y su ilusión.

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