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Felipe González Giraldo Gustavo Petro

La infinita resiliencia de los antidemócratas

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A casi un año y medio de la presidencia, ¿o más bien régimen?, de Gustavo Petro, la única inmutable realidad consiste en la recurrente aparición de escándalos; escándalos, muchos, de una envergadura tan criminal que, en otras latitudes, supondrían el cambio total del gobierno de turno.

Polígrafos ilegales a señoras del servicio doméstico, aparente consumo indiscriminado de sustancias psicoactivas, deficiente gestión de los recursos públicos por parte de las principales carteras, persecución abierta a los medios de comunicación o el supuesto ingreso de dineros ilícitos a la campaña presidencial, no son sino muestras del sello que ha caracterizado la actual administración. Y, sin embargo, la ciudadanía se pregunta lo mismo una y otra vez: “¿Por qué siguen dirigiendo el país?”

De acuerdo a los elementos idiosincráticos de Colombia, sería imposible dar una respuesta que abarcara la totalidad de la cuestión. De cualquier manera, es esencial resaltar que los antidemócratas usan algo mejor que los demás: la resiliencia. Esa capacidad que les permite a las personas superar desgracias y avanzar de forma positiva hacia el futuro, significa una necesidad imperiosa en la vida.

Infortunadamente, aquellos que sufren de alergia por las instituciones democráticas le sacan mayor provecho a la resiliencia porque carecen de vergüenza. En consecuencia, en una situación normal, la principal cabeza del ejecutivo,que se ve envuelto en una falla a sus deberes constitucionales o incluso no impulsa su plan de gobierno de acuerdo a las expectativas de sus electores, renunciaría por un elemental sentido de correspondencia con el estado que juró defender.

Recientes coyunturas en países desarrollados dan fe del imperioso respeto por la estabilidad democrática. La dimisión, en 2022, de Boris Johnson como primer ministro de Reino Unido, tras las continuas renuncias de personal de su gabinete; la renuncia de la presidenta de Taiwán -República de China- como cabeza del Partido Democrático Progresista, después de la derrota en las elecciones locales de 2022 sufrida por los candidatos de su partido; o la dimisión a principios de noviembre del presente año del primer ministro de Portugal, António Costa, luego de verse involucrado en un caso de corrupción.

Es comprensible que estas situaciones comparadas, difícilmente puedan ser jalonadas al escenario político colombiano. Pero, ¿no se debería aspirar a este tipo de integridad política que representa lo mejor, aún en los peores momentos, precisamente porque es allí donde se mide la espina dorsal de una configuración de Estado? Sí. Por ejemplo, ¿acaso no debió renunciar Juan Manuel Santos cuando perdió el plebiscito de 2016? Por supuesto. ¿No deberían abandonar el poder quienes fallen a sus deberes? Sí.

Ahora bien, “no se le puede pedir peras al olmo”, y a los antidemócratas no les conmueve nada distinto a su interés personal, la consecución del poder y la perpetuación de ese poder a toda costa.

Aplican la máxima expresada por diferentes pensadores en una de sus múltiples versiones: “premian el vicio y castigan la virtud”. En ese ecosistema de antivalores, los demócratas tienen las de perder, en especial cuando son oposición, puesto que no saben jugar con las sucias herramientas de las que se sirven sus rivales políticos.

No obstante, a veces no es solo un asunto de ser el “caballero perfecto” de la democracia y actuar conforme a la ley. También, la actual oposición tiene la tendencia de ser indulgente con el presente gobierno, como si estuviese manifestando cierto rasgo de la personalidad, antaño descrito a la perfección por Fyodor Dostoyevsky, en Crimen y Castigo. Básicamente, la oposición tiene el gusto -absurdo- “de hacer favores a quien escupe en ellos, a quien, en fin de cuentas los encuentra seriamente enojosos”. No ha habido quien capitalice de manera apropiada cada una de las repetidas salidas en falso de Petro, sus funcionarios y su círculo cercano.

Así, los que minan la confianza en las instituciones públicas disfrutan, sabiendo que Colombia entera, en su completa pasividad, les hace un favor tras otro.

En resumen, es una tarea monumental hacer rendir cuentas a quienes no tienen una brújula moral, ya que se apalancan en una formula exitosa: resiliencia infinita = adaptabilidad política + ausencia de vergüenza + pobre (ineficiente) oposición. Convierten la apatía en escudo y la desidia en espada.

Nadie está exento de pecado a la luz de la política, pero resulta triste que no se pueda hacer algo para frenar los autoritarismos de los que buscan socavar el Estado Social y Democrático de Derecho. El tiempo jamás sobra y es ridículo fiarse de la buena voluntad de quienes nunca la han demostrado.

En el 2026, los odontólogos se harán su agosto atendiendo el bruxismo por el estrés generalizado de los colombianos. ¿La causa? La incertidumbre de si Colombia regresará o no a un sentimiento de esperanza.

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