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La neurobiología del voto

El cerebro racional del elector crea las justificaciones que niegan verdades demostradas de su candidato

Foto: Ricardo Otero.

Por: Remberto Burgos de la Espriella –Médico neurocirujano, miembro de Número, Academia Nacional de Medicina

El país cumple casi seis meses en campaña electoral, y hay 39 millones de colombianos listos para votar. Muy pocas propuestas y nada en concreto. Pero tenemos que tomar una decisión: hay que elegir, en un país donde solo el 50 % de la ciudadanía ejerce ese derecho. La gente que lo hace, cuando se acerca a las urnas, ¿actúa con la razón o con la emoción?

He preguntado a alguna gente cuáles son sus motivaciones para votar por uno u otro candidato, y sus respuestas, tanto como las propuestas de estos, saltan sin argumentos, en muchos casos al vacío, sin paracaídas institucional. El cambio, el que siempre anuncian los candidatos, las encabeza. Quieren rostros nuevos en los carros oficiales. ¡Como si cambiar de conductor apagara el motor corrupción! Otras respuestas ponen de presente que son definitivamente las emociones —la química o la bilis— las que determinan la decisión del votante. Algunos ortodoxos no lo aceptarán, pero, sí: la determinación del voto es meramente emocional.

¿Cómo se construye el cerebro político para la toma de decisiones? Igual que la temperatura: se va calentando el clima electoral y el ciudadano recibe durante este tiempo, en forma indiscriminada, todo tipo de información. Hoy las redes sociales son el mejor vehículo.

Al potencial elector lo van pastando: se concentra primero en el receptor racional —lóbulo prefrontal—, para que elabore un mapa superficial de los argumentos, con líneas frágiles, fáciles de borrar. El verdadero trabajo político se dirige hacia el sistema límbico y las neuronas en espejo, que son las responsables de la empatía: el hechizo que nos mete en el pellejo del aspirante y los pinceles que dibujan una acuarela cerebral del candidato. Es la fase del “ñipiñipi” y de la tinta indeleble que origina los vínculos. Luego el enfoque se hace en el sistema límbico y la amígdala del lóbulo temporal: nacen las vías emocionales y el apego al candidato. La emoción y la pasión que se sienten, son definitivas. Los mensajes llegan primero a los receptores profundos del cerebro que a los lóbulos cerebrales, donde está el centro ejecutivo de la decisión. Primero sentimos y luego pensamos. La emoción ha decidido antes que la razón, por milésima de segundos.

¿Por qué, a pesar de que sabemos que mienten, seguimos votando por un mismo partido y un mismo candidato? Porque los sesgos entran en acción, y la emoción se niega a aceptar las contradicciones en la imagen que tenemos del elegido. Le perdonamos sus tretas, artimañas y engaños. “Lo quieren acabar, y debo defenderlo”. Se impone la forma cómo se presentan los datos sobre la información misma. El cerebro racional del elector crea las justificaciones que niegan verdades demostradas de su candidato. Cuando se llega a este punto, y por ser el cerebro un ser social, aparece un fenómeno biológico interesante: el fenómeno arrastre. Se pierde la identidad o singularidad, y se copia y actúa lo que hace el grupo con el que el individuo se identifica. En especial, los cerebros inmaduros, como el de nuestros jóvenes -muy emocional-. Se piensa que a aquel que se aparte del rebaño, se le tildará de descarriado (anticuado).

Luego viene la glorificación del candidato o “fenómeno halo”, que conduce a la banalización del mal. Todos sus errores y desaciertos se minimizan, se llega hasta a agredir a quien cuestione la integridad de este “nuevo santo”. Las emociones instaladas lo protegen y lo blindan. Son su esquema de seguridad, y su discurso se limita a decir fanfarronadas que su público quiere escuchar.

Lo que más explota es el odio en carne viva (emoción primaria). Para ganar adeptos, insulta y provoca. Cómo llegan de fácil los mensajes negativos, y especialmente a nuestros muchachos, que aún no controlan sus emociones. Así se vende la marca y se fija en la corteza cerebral.

Dentro de pocos días los colombianos tenemos que tomar una decisión, es la opción que la democracia ofrece para participar y concluir. No hay un manual para hacerlo, pero no podemos imitar al famoso paciente neurológico, quien, por su lesión estructural, no podía planear el futuro y jamás avanzó. Recordemos: somos nuestro cerebro, pero, especialmente, somos nuestra memoria.

He aprendido con los años que las mejores decisiones se toman contando hasta tres. Primero: recopilar datos y tomar apuntes. No hay que cometer sesgos ni utilizar atajos: se reúne la información desde varios ángulos. Segundo: simular el futuro dibujando mentalmente lo que la decisión propia construye. Tercero: convertirse en el arquitecto de su pasión misma. No dejar que al voto individual lo inspire la emoción negativa: odio, ira o desquite. Fijarse en cuál de las candidaturas planteadas encuentra confianza; porque esa es la emoción positiva que construye. En el momento de verdad, en la urna, es imperativo recordar la experiencia probada en la historia del candidato, y hacer la simulación mental del futuro. Esa es la receta perfecta.

Diptongo: del voto con encono, el tarjetón brota pus. En cambio, del voto confianza, florece tejido social que nos une.

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