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Miller Soto elecciones 2026

La incómoda Victoria Eugenia

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En un país donde la franqueza parece ser un bien escaso y la crítica un deporte de alto riesgo, la periodista Vicky Dávila ha vuelto a ser el centro de una tormenta. Su participación en la última convención de ASOBANCARIA, donde tuvo la osadía de expresar libremente sus opiniones, ha desencadenado una arremetida que revela mucho más de nuestra sociedad que de ella misma.

Vicky abordó en su discurso los temas que han estado en el ojo del huracán mediático, recordándonos el rol esencial del periodismo en una democracia: cuestionar, investigar y exponer. Y es que ella encarna esta esencia, pero su valentía ha sido “recompensada” con absurdos intentos de descalificación y ridiculización. ¿Por qué ese afán de silenciar su voz? ¿Es acaso porque no se alinea con cierta ideología? ¿O es que el monopolio de la opinión es exclusivo de un solo sector?

¿Cuál fue el pecado de Vicky?¿Ejercer su libertad de opinión desde su condición de mujer y periodista? ¿Por qué lo que hizo Vicky es reprochable a la luz de los ojos de quienes no dicen nada cuando al presidente se le antoja mencionarla de manera permanente, desafiante e irrespetuosa en cada tarima desde la que tira su insufrible carreta? ¡Claro! Es que él puede hacerlo, pero ella no, ¿cierto? Lo de ella es una indelicadeza y lo de él no es nada, pues es el presidente. ¿Es así?

¿Y cuál es el problema de que a Victoria Eugenia se le ocurra aspirar a gobernar?, ¿qué pasa si está pensándolo mientras ejerce su rol de periodista?, ¿en qué perjudica al periodismo y por qué? ¿O es que la gente que tiene aspiraciones políticas está obligada a renunciar a su vida mucho antes de que sus aspiraciones se concreten? Sería fantástico saber si ciertos personajes pensaron lo mismo cuando Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos o Pacho Santos, transitaron del periodismo a la política. ¿Los atacaron entonces por ello? ¿Sugirieron que sus aspiraciones eran una afrenta al periodismo?

Y no es que esté mal criticar a Vicky por el contenido de su discurso. El debate y la discrepancia son saludables y necesarios, pero de ahí a crucificarla como lo han hecho, hay un abismo. Especialmente cuando quienes la crucifican son los mismos que en otros escenarios y ante otras personas resultan ser mega tolerantes y hasta cómplices.

La hipocresía alcanza niveles alarmantes cuando esos mismos bodoques que exigen trato delicado para el presidente, cual si fuera de porcelana, arremeten sin piedad contra una periodista a la que han tratado cruel, déspota y encarnizadamente. Estos cobardes, que prefieren defender sus intereses en lugar del periodismo libre, son testigos silenciosos de las transgresiones del actual gobierno contra las formas, los procedimientos y hasta la Constitución misma.

No sé hasta dónde llegará Vicky Dávila, pero ya está lejos y brillando más que muchos.