Miércoles, 12 de junio de 2024
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El mandato de Claudia López está llegando a su fin. La primera mujer elegida por voto popular como alcaldesa de la capital. Cuatro años que han permitido evaluar su talante como política, especialmente en los momentos de grandes dificultades y sin lugar a dudas la pandemia por cuenta del Covid-19, fue una prueba más que suficiente para medir el liderazgo de un mandatario en tiempos de crisis. Y qué tiempos fueron los de la pandemia.

Claudia es una política tropera, que le gusta la confrontación, que constantemente está cazando peleas. No mide su rival. Así como puede ser el presidente de la República, también puede ser un maestro de palustre o el contratista de turno porque las obras de infraestructura en su gobierno marcharon a paso de tortuga.

Pero también tiene un gran defecto. No es humilde a la hora de recibir las críticas. De inmediato se pone a la defensiva y suele responder con dos piedras en la mano o señalar a un tercero como el culpable en temas tan supremamente sensibles como la movilidad o la inseguridad, que definitivamente fue su talón de Aquiles, especialmente en el último tramo de su gestión como alcaldesa de la capital.

Hace cuatro años cuando ganó la Alcaldía sus principales cartas de presentación eran las de una mujer académica, que había pasado por el Senado de la República y que había impulsado con vehemencia la consulta anticorrupción que se quedó en el camino por un estrecho margen de votos. Además, tenía en su haber político de ser la fórmula vicepresidencial del profesor Sergio Fajardo.

Claudia es una liberal de centro. Muchos la han alineado a la izquierda, pero no es así. Tiene afines políticos con Jorge Robledo, líder del Polo Democrático, pero está muy lejos de la izquierda de Gustavo Petro, con quien ha tenido una continua confrontación, un fuerte distanciamiento y una pelea irreconciliable por cuenta del Metro de Bogotá.

Claudia hace cuatro años encarnó esperanza. La primera mujer elegida, la primera lesbiana que llegaba a manejar las riendas de la ciudad, la primera mujer que prometió la construcción de un transporte masivo por encima de Transmilenio. Los bogotanos también votaron por ella porque se comprometió a recuperar la seguridad y la tranquilidad.

Pero su hoja de ruta muy pronto se desvió. Con apenas dos meses sentada en el trono de una ciudad indomable tuvo que dejar a un lado su carta de navegación para enfrentar lo indecible: la pandemia del Covid-19.

Claudia López con el presidente Gustavo Petro/Archivo particular.

En esas primeras semanas de incertidumbre, López mostró entereza, liderazgo. Fue el primer mandatario de los colombianos que decretó una cuarentena, que continuó de inmediato el presidente Iván Duque. Pero ese prolongado encierro, de calles desiertas, de los cientos de ciudadanos que tienen su sustento en la informalidad, disparó los índices de desempleo. Más de un millón cien mil personas se quedaron con las manos vacías. Para julio del 2020, cuando López llevaba apenas seis meses en el cargo la tasa de desempleo alcanzó en Bogotá el 24,4%

Entonces, su administración se convirtió no en una serie de resultados si no de desafíos, sin ninguna preparación o experiencia para afrontarlos. En otras palabras, su plan de gobierno tuvo que cambiarlo. Darle prioridad a la emergencia sanitaria por encima del anuncio de sus obras. Y en esa improvisación reinó porque las encuestas la ubicaron con un 89% de aprobación, especialmente por su liderazgo que, incluso, fue motivo de controversias con el presidente Duque.

Claudia parecía más jefe de una nación que de una ciudad, y eso hizo que se desbordara y se alejara del plan de gobierno que tenía que cumplir en sus cuatro años de mandato.

Los primeros cien días de gobierno fueron a tope. Atendiendo la emergencia. Todo lo demás pasó a un segundo plano. Pero cuando la vida regresó de nuevo a la “normalidad” la luna de miel con sus ciudadanos comenzó a cambiar y se convirtió en una alcaldesa confrontacional. Las críticas las respondió con frases desafortunadas. Cuando le cuestionaron sus cambios en el pico y placa, su respuesta fue desafiante: “pues venda el carro, sumercé”.

Y así se le fue sumando un cúmulo de cuentas pendientes: la ciudad entró en obra negra de infraestructura. Tapada por las polisombras donde nadie sabe si se trabaja o no y que volvió un suplicio la movilidad. Abrió tantos frentes de trabajo que ya no se sabe cuáles empezaron primero, en qué fechas se entregan o quiénes son los responsables.

La inseguridad la desbordó. La candidata que en el 2019 dijo que sería la jefe de policía que haría temblar los delincuentes, terminó por aceptar a regañadientes que había mucho por mejorar en materia de seguridad. Pero eso sí, echando culpas a terceros. En especial a la policía con la que no tuvo buena relación durante sus cuatro años de mandato, que termina ahora en diciembre.

Se va con la casa en obra, con la pelea perdida por hacer el corredor verde por la séptima, con un pulso con el presidente Petro donde no dio su brazo a torcer para cambiar las obras del Metro. Pero también se va con un panorama político muy a su favor, si sabe canalizar y especialmente si lograr recoger de las cenizas al movimiento del centro. De aprender de los errores, de dejar a un lado los egos políticos y los intereses particulares. Si le ponen orden a la casa y dejan de invitar a intrusos para que provoquen implosiones internas como lo hizo Ingrid Betancourt, que volvió trizas la coalición de centro en las pasadas elecciones presidenciales.

Ese centro de Fajardo, Gaviria, Robledo y ahora Claudia, podrá tener futuro de cara a las elecciones presidenciales para enfrentar lo que quede de este gobierno delirante sin norte, ni brújula, de anuncios y equivocaciones por doquier. De una derecha sin líder alguno y donde se avecina una guerra sin cuartel con la llegada al ruedo de Francisco Barbosa, que cada día habla más como candidato que como fiscal.

Claudia carga a cuestas con los sabores y sinsabores de su administración, con unas obras que va inaugurar el próximo alcalde de la ciudad, con la enorme ambición de convertirse también en la primera mujer lesbiana en dirigir los destinos del país del sagrado corazón de Jesús.