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Soy un nacionalista, no soy patriota, decía Hitler en Mi Lucha. La nación es una entidad abstracta, una mezcla de ficción y cartografía que imaginaron unos hombres hastiados de guerras sin victorias, una ilusión colectiva que se tradujo en un tratado que se conoce como La Paz de Westfalia.

Jaime Eduardo Arango. Analista y consultor. Twitter: @jaimearango9

Un acuerdo de élites del que surge el Estado-Nación y la idea, aún más vaga, de Soberanía Nacional, con lo cual el estado ya no está sujeto al cumplimiento de normas morales como no sean las de su propio interés.

La Patria es más pequeña y modesta, nadie la inventó y es muy antigua. La memoria de una línea de montañas en el amanecer, la niebla o un fragmento del mar, o una sucesión de calles, pueden ser la patria, pero también la música, o un cuento, por eso las naciones son la suma de muchas patrias, lo que no pueden ser es la suma de muchas naciones.

Por eso tal cosa como un estado plurinacional es una imposible abstracción, una figura retórica para aliviar el peso de la insignificancia o la soledad.

Casi todo individuo es un patriota, pero para que surja el nacionalismo se requiere de un relato de agravios y héroes, de un pasado glorioso y un mañana feliz, es decir, se requiere de la política.

La nación como abstracción política colapsó las democracias liberales en los años treinta del siglo pasado y como predijo Churchill, las guerras de los hombres fueron peores que las guerras de los reyes, pero el Estado nación basado en una sociedad abierta prevaleció, quizá porque no hay nada más eficaz en una guerra que las democracias, esto es así desde que los griegos inventaron la libertad, “esa palabra inscrita en el carro de las tempestades”. Sin embargo, los nacionalismos han vuelto.

En el país que impulsó en Bretton Woods, esa genial versión modernista de la Roma imperial , que llamaron Globalización, se impone algo denominado Maga, en Latinoamérica los seguidores del mito Bolivariano dicen defender a sus naciones de arteros ataques imperiales, de nuevo los creyentes en la gloriosa nación rusa vandalizan a sus vecinos, desde Cataluña se conspira contra España y para mayor confusión, cada nueva identidad, real o mágica, ha decidido que es una nación, es decir, que pueden reivindicar y defender un territorio, imponer tributos, tener fuerza armada y ser sujeto de derecho, o al menos así lo predican.

El nacionalismo identitario, en gran parte surgido del rechazo a cierta agenda abusiva de la globalización, se constituye en la mayor amenaza para las sociedades abiertas.

Esta forma de colectivización puede tener cualquier origen ideológico, hay nacionalismos de izquierda y de derecha, los hay religiosos y raciales. Con la excusa de la soberanía nacional, en Venezuela gobierna una sociedad de organizaciones criminales, en Bolivia una dictadura racista aimara, en Cuba una familia, en Nicaragua una secta mágica y esto solo por mencionar el vecindario.

La globalización ha dejado de ser la respuesta al nacionalismo por muchas razones, pero sobre todo porque se tornó tan irracional y mítica como las fuerzas que rechazaba, porque ya es como el Sacro Imperio, una superchería que nadie respeta.

A lo mejor el remedio está en ser lo contrario de la prédica de Mi Lucha citada al comienzo, no ser un nacionalista y ser simplemente un patriota, un modesto ciudadano de cualquier lugar y a la vez del mundo.