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JAIME E ARANGO Jaime E. Arango Gobierno con el Pueblo

La paradoja de la legitimidad

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La paradoja de la legitimidad. “Me eligió el pueblo”. Bien. ¿Pero quién eligió al pueblo? ¿Unos siniestros abogados franceses en siglo XVIII? ¿Los monjes anarquistas de la escuela de Salamanca? ¿Los caballeros de la logia que en Filadelfia se definieron como “nosotros el pueblo”? ¿O más atrás, en algún lugar de Grecia hace miles de años? Nadie en verdad eligió al pueblo y el pueblo nunca ha sabido que existe, nadie sabe qué es, o quién es, ni el pueblo mismo. Un mito elevado al rango de árbitro supremo después de la muerte de dios.

El caso es que a esa abstracción se le asignó un sistema de medición, con el cual el mito se convirtió de noúmeno a fenómeno. Un hombre un voto. Este enunciado, caro a Pericles, pero que también se usó en los barcos piratas, dio pie a otra abstracción, la mayoría, pero la mayoría no es el pueblo, es la mitad más uno del pueblo. En el mundo sin dios posterior a la condena a muerte de Luis, un recurso estadístico se transformó en legitimidad. No es que fuera un gran logro intelectual, pero funcionó en la práctica y lleva trescientos años funcionando. Se llama elecciones, pero es en realidad una especie de colorida fiesta popular que periódicamente confirma que compartimos un lenguaje común, unos mitos, unos terrores, unas ilusiones.

No es exacto cuando se trata de una Constitución redactada por encargo, pero demos por hecho que ese texto ha logrado transformarse en cultura, costumbre y moral, en formas de vida, en cotidianidad, pero un profeta dice que no es así, que ese lenguaje común es una farsa, el resultado de una conspiración, un engaño y como él es el pueblo, él va a crear un nuevo acuerdo, lo cual supone el grave desafío de implantar un nuevo lenguaje, una mitología no enunciada, los símbolos de otra esperanza.

Pero la democracia tiene una extraña fuerza centrípeta,los intentos de sustituirla, desde hace cien años, han fallado todos, por lo menos en lo que llamamos cultura occidental y eso se debe precisamente a la paradoja de la legitimidad basada en la “voluntad del pueblo”, a que esa legitimidad siempre es deficitaria, a que el pueblo nunca es todo el pueblo. Esa precariedad es en realidad la verdadera fuerza de las sociedades abiertas, por eso los totalitarismos modernos son las élites más la policía, pero nada de pueblo. Stalin entendió esto muy bien.

No hace mucho, alguien me hizo llegar este texto de San Agustín: “¿Qué son las bandas de ladrones sino pequeños reinos? También una banda de ladrones es efecto una asociación de hombres, en la que hay un jefe que manda, en la se reconoce un pacto social y el reparto del botín está regulado por acuerdos previamente establecidos. Si esta asociación de malhechores crece hasta el punto de ocupar un país y establecer en el su sede, sometiendo pueblos y ciudades, asume el título de reino. Título que le es asegurado no por la renuncia a la codicia, sino por la conquista de la impunidad”.

Es a esto lo que el profeta llama “poder constituyente” y dice que es la sublime tarea que le encargó “el pueblo”.