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Hassan Nassar colombia

Reformas a la plaza

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Las reformas no se discuten a la brava y eso lo sabe cualquiera que tenga al menos un ápice de talante democrático”.

HASSAN NASSAR
Director Revista Alternativa

Convocar movilizaciones ha sido una constante en el ejercicio político de Gustavo Petro. Cuando pierde las elecciones lo primero que hace es convocar a su militancia a marchar para hacer oposición, así lo hizo en 2018 cuando fue derrotado en las elecciones presidenciales por Iván Duque. Ahora que gobierna hace lo mismo, convocar movilizaciones y así buscar que las grandes reformas se discutan en la plaza pública, con los sindicatos llenos de pancartas y cómo negarlo, acompañados de la primera línea de saboteadores destruyendo todo a su paso.

Sin lugar a duda una manera muy eficaz de presionar a tres bandas para que los temas de su agenda presidencial se aprueben bajo presión popular, a las buenas o a las malas.

Claramente cuando la plaza pública se convierte en el escenario de las grandes reformas, no hace falta entonces un Estado de derecho con separación de poderes.

¿Para qué una Rama Legislativa que haga las leyes, o una Rama Judicial que imparta justicia o un Ejecutivo que gobierne?

Es más eficaz según la tesis populista de Gustavo Petro convocar a las masas a la plaza pública y preguntarles qué ley desean y aprobarlas en un cabildo abierto. De igual forma, ¿para qué unos magistrados que administren justicia?, mejor una guillotina en la Plaza de Bolívar y que la masa enardecida decida quién desfila bajo su cuchilla.

Así es como el populismo pretende que los grandes temas no tengan discusión de los expertos, los técnicos, los científicos, la academia, la oposición y en los medios.

Cuando se tiene “complejo de Adán” y desafortunadamente se cree que se es electo para refundar el Estado, se pierde la visión de pesos y contrapesos que hacen que una democracia se sostenga sobre un pilar fundamental: la separación de poderes y sus tres ramas.

Pero además creer que la opinión pública tiene la razón es altamente peligroso y dañino para las democracias. El llamado Estado de opinión solo sirve a quien gobierna pensando en las encuestas.

Los jefes de Estado con experiencia saben que se gobierna en el marco de la impopularidad en la mayoría de los casos, justamente porque las grandes reformas y cambios que necesita el Estado no gozan del respaldo popular, sin embargo, llevan esas discusiones a que se den en los ámbitos y espacios que enriquezcan el debate con argumentos y donde se dan las deliberaciones que ordena la Constitución.

Es precisamente por esa razón que las grandes reformas deben ser discutidas por los expertos, las voces que conocen al detalle los temas, los que pueden dar ejemplos, cuestionar y reflexionar de manera aguda y sosegada, alejados de las pancartas convocadas por los sindicalistas de turno.

Las reformas no se discuten a la brava y eso lo sabe cualquiera que tenga al menos un ápice de talante democrático.

En esta ecuación solo falta ver qué dirá el Congreso, que ahora está convertido en una extensión del Gobierno y poco cuestiona lo que propone el Ejecutivo.

Es una lástima ver tan pocos congresistas en el capitolio con la capacidad y el criterio de levantar la voz ante semejante embestida gubernamental. Una maquinaria que se llamaba de cambio pero que aglutinó hasta los partidos que por su propia naturaleza ideológica eran oposición natural al actual gobierno.

Y esto nos lleva quizás a la parte más compleja de toda esta ecuación. Estamos frente a un gobierno que hará presión constante en las calles, pero sin una oposición sólida que le haga contrapeso.

¿Dónde quedaron las voces que tenían convocatoria y peso argumentativo para liderar una oposición responsable necesaria en cualquier democracia? En Colombia desaparecieron, o lo que hay, no da la talla para levantar el más mínimo entusiasmo.

Sumémosle a esto que unos días atrás la consultora Edelman puso al país en el segundo lugar entre los más polarizados del mundo. Lo acompañan en esa lista España, Estados Unidos, Argentina, Suecia y Sudáfrica.

La pregunta es sencilla, ¿Quién necesita un país polarizado y en permanente crispación? La respuesta es simple, el propio Gustavo Petro.

Solo a alguien de su estilo y formación le conviene mantener la hoguera prendida y que las masas ocupen las calles sin descanso. Así fue como hizo oposición y así pretende gobernar.

Frente a una coyuntura de este calado, lo único que podemos esperar es que todos los procesos estructurales sean embutidos al pie de la presión popular. Que sean las calles las que decidan el futuro, que sea la ideología y el populismo ramplón el que determine qué se aprueba y qué no.

Frente a este desolador panorama solo podemos augurar que la polarización seguirá creciendo y será nefasto para Colombia.

Un país polarizado está fracturado y no encontrará la reconciliación a partir de anuncios insulsos para la galería.

Ojalá el gobierno entienda el peligro frente a sus ojos. Ya no solo se han convocado marchas de la oposición para este 15 de febrero, sino que el propio Gobierno sacará a sus aliados a las calles en la misma fecha. Un panorama que nos recuerda lo que se vivió en Venezuela durante muchos años y donde jamás se resolvieron los problemas de fondo. Por el contrario, dejaron un país en la miseria y fragmentado. Colombia no puede darse el lujo de seguir la misma hoja de ruta, a no ser que ese sea al destino final, el tan anhelado y prometido cambio.