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Felipe González Giraldo Colombia

¿Defectos Inherentes?

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A propósito de “las dificultades con el orden público” reconocidas la semana pasada por el ministro de Interior, Luis Fernando Velasco, se siente cierta decepción al tener que escuchar frases noventeras sobre temáticas que se creían superadas a finales de la primera década de este siglo.

Lo cierto es que un país (y una región) que continúa preocupándose por asuntos que deberían ser anacrónicos, como los pésimos índices de seguridad, el estado atrasado de las carreteras nacionales, las reformas a la salud que recuerdan al seguro social, los anhelos infantiles por ideologías comunistas, etc., invita a la ciudadanía a una discusión sobre qué hace a los colombianos orbitar alrededor de los mismos problemas.

¿Qué los atrae hacia ese matamoscas eléctrico e impide que puedan vivir con mejores condiciones?

La antropología, la sociología y un sinfín de disciplinas científicas descartan una única, exclusiva, causa a los fenómenos que estudian. Sin embargo, para la pregunta planteada, es de interés traer una que todos los colombianos han oído y repetido hasta la saciedad; esta causa adopta diversos disfraces: “esencia caribeña”; “malicia indígena”; “naturaleza folclórica” o; sencillamente, “así somos”.

Lo complicado de reducir los antivalores de una sociedad a nociones simples(estereotipadas, que tienen tanto de positivo como de negativo), es que se puede terminar proporcionando una indeseada justificación a la falta de voluntad para mejorar (casi una inercia). Ni las personas están limitadas, ni las sociedades son inmutables, de modo que su destino no debe definirse de forma absoluta por su pasado ni por lo que son en el presente.

Estas generalizaciones son comunes en otros entornos. En el ámbito empresarial, a aquellos que son reticentes al cambio se les conoce como “dinosaurios corporativos”; su frase favorita es “siempre lo hemos hecho así”, con la cual descartan las posibilidades de actualizar los procesos institucionales. En la crianza, este comportamiento se manifiesta a través de prácticas nocivas que los padres transmiten a sus hijos, para luego eximirse de la obligación de reprenderlos, ya que ellos, en su propia infancia, replicaban lo mismo al considerarlo como ejemplo.

Al trasladarlo a Colombia, sucede lo mismo. Su población, mayoritariamente buena (hasta el tuétano), soporta violencias y perfidias como si las mereciera, interiorizándolas como consecuencia inexorable de su destino. Además, un observador ocasional podría afirmar que los colombianos se han ganado sus desdichas debido a tendencias feroces, corruptas o malvadas que los dejan en una posición desfavorable. Y quizás haya algo de razón.

Por ejemplo, tres nacidos en Colombia tienen el “honor” de ubicarse entre los diez principales asesinos en serie de la historia moderna (para ser más exactos, en los puestos uno, dos y cinco). Desde la época de “La Violencia”, la gente no ha conocido la paz. El país sigue siendo la despensa de cocaína del mundo. Grupos delictivos organizados y grupos armados organizados de origen nacional exportan criminales y fenómenos criminales al sur y norte del continente, así como a Europa y Asia. Es un paisaje lúgubre, pero no todas las cosas están perdidas.

En principio, los colombianos no serían ni de lejos los primeros en exculparse tontamente y cuestionarse por qué lo hacen. Ya en 1904, el diplomático y político científico japonés, Inazo Nitobe, reprendía a sus paisanos por el concepto “shimaguni konjo” –“naturaleza pueblerina isleña”-. Decía que se empleaba para “excusar sus defectos raciales” que conllevaban dos ideas desafortunadas: “(i) convertir esos defectos en consecuencias naturales e inevitables de su emplazamiento geográfico y (ii) removía la asunción de responsabilidad individual de esas debilidades”.

Asimismo, otras culturas han sorteado periodos prolongados de crisis. Los japoneses y alemanes se levantaron de las cenizas derivadas de la segunda guerra mundial; los sudafricanos se recompusieron tras el Apartheid; los estados de Europa Oriental son un faro de desarrollo tras la caída de la Unión Soviética y; la misma Colombia despreció con determinación la categoría de “estado fallido” en un momento en que recuperó la esperanza. Existen precedentes.

“No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista”. Es improbable que una sociedad, eventualmente, no aprenda la lección. Llega un instante en que es suficiente y los ciudadanos alteran el cauce de sus penas. No se trata de aspirar a creer en excepcionalismos como el americano, el japonés o los europeos (que incluye el ruso), sino de buscar un rol en el planeta. Puede ser que consista en de veras ser el país más feliz o alegre del mundo, porque en el terreno se dan los elementos para ello.

En todo caso, los defectos de Colombia no son inherentes. Y, aun si lo fueran, sobran herramientas para corregirlos. Hay mucho por lograr, y los colombianos jamás han sido pequeños frente a los retos que se les han presentado. ¡Sí se puede!