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Carlos Barros Ferreira Selección Colombia

Lo que aprendí alguna vez y nunca he olvidado

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Lo aprendí en la ciudad de la furia. Aunque no lo parezca, ahí fue donde me lo enseñaron. No de la mejor manera, por supuesto. Siendo honesto nunca habrá eso de la mejor manera. Pero me lo enseñaron y con eso basta.

En la ciudad pasó hace poco algo en un recinto que nunca les ha pertenecido a los locales porque fue construido para un propósito tricolor. Algunos le llaman La Casa por culpa de una publicidad atronadora que no falta el incauto que se la ha tatuado en el alma. Logrando una pasión que recuerda la máxima del doctor Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas.”

No faltó el que justificó la acción como un pronunciamiento del sentir del pueblo. Casi que un aséptico: tranquilo, no fue personal. Ni Soda Stereo se atrevió tanto en su coreable canción.

Otras y otres argumentaron violencia de género, bestialismo y pederastía de la peor calaña. Arendt, Foucault y Adorno se sonrojan desde ultratumba.

Javier Marías escribió en su novela Tomás Nevinson:

“A las mujeres no se las toca, no se les pega, no se les hace daño físico y el verbal se les evita al máximo, a esto último ellas no corresponden. Es más, se las protege y respeta y se les cede el paso, se las escuda y ayuda si llevan un niño en su vientre o en brazos o en un cochecito, les ofrece uno su asiento en el autobús y en el metro, incluso se las resguarda al andar por la calle alejándolas del tráfico o de lo que se arrojaba desde los balcones en otros tiempos, y si un barco zozobra y amenaza con irse a pique, los botes son para ellas y para sus vástagos pequeños (que les pertenecen más que a los hombres), al menos las primeras plazas. Cuando se va a fusilar en masa, a veces se les perdona la vida y se las aparta; se las deja sin maridos, sin padres, sin hermanos y aun sin hijos adolescentes ni por supuesto adultos, pero a ellas se les permite seguir viviendo enloquecidas de dolor como a espectros sufrientes, que sin embargo cumplen años y envejecen, encadenados al recuerdo de la pérdida de su mundo. Se convierten en depositarias de la memoria por fuerza, son las únicas que quedan cuando parece que no queda nadie, y las únicas que cuentan lo habido.”

Al igual que Marías también debo estar errado. Es terrible eso de ser caballero. Hay que pedir permiso cada vez que uno quiera dar su parecer ante situaciones como la vivida en la ciudad de la furia. A pesar de que fue en ese hervidero en donde aprendí lo que aprendí.

Me viene a la memoria una frase que ya no admite ser dicha por actor alguno en películas mafiosas por venir. Precisamente porque de tanto ser expresada por luminarias y secundarios de primer, segundo y tercer nivel suena lisa, relamida e inane. Pero hoy puede cobrar importancia. Como me encantaría tener un borsalino, una magnum y un montecristo en mis labios para decirla después de dos caladas. No me avergüenzo de plantear esta imagen. Al fin y al cabo soy un viejo tóxico, prostático y próximo a coctelear con omeprazol.

Es mejor que tengas claro que no te puedes meter con lo que se considera obvio. La frase sonará categórica, pero pertinente.

Ni mujeres, ni niños.

Te la repito para que no la olvides hincha tricolor: ni mujeres, ni niños.

Eso fue lo que me enseñaron y eso fue lo que aprendí.