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La fórmula Bessudo: ‘Creamos cada empresa que se va necesitando’

El empresario turístico cuenta su exitosa experiencia con “Las Islas”, […]

El empresario turístico cuenta su exitosa experiencia con “Las Islas”, el hotel verde y de lujo en el paraíso de Barú, y reflexiona sobre su actividad y el futuro de Colombia.

Jean Claude Bessudo es el líder de una treintena de empresas.

Por Catalina Matiz

Periodista Revista Alternativa

Pocos colombianos saben que existe un hotel llamado Las Islas en una punta paradisiaca de la Ciénaga de Cholón, en Cartagena; y menos que es una de las joyas del turismo de lujo y amigable con el medioambiente, no solo del Caribe, sino también del mundo entero. En sus primeros cuatro años de operaciones ha recibido 22 galardones que reconocen sus altos estándares como hotel verde, su diseño, su arquitectura y su hospitalidad. Quienes lo visitan, más del 90 % extranjeros, lo saben y lo cuentan.

El artífice de este éxito empresarial es Jean Claude Bessudo, pionero del sector turístico y de la hotelería sostenible. Aunque nació en Niza (Francia) hace casi 74 años, su historia de vida lo volvió muy colombiano, a pesar de que su acento aún diga lo contrario.

Se declara orgulloso bachiller del Liceo Francés Louis Pasteur, de Bogotá. “Lo poquito que sé viene de ahí”. Y reconoce que solo ha tenido tres trabajos en la vida: mesero en Nueva York, modelo desnudo para artistas en Bruselas y, desde hace muchos años, presidente de Aviatur, un grupo conformado por más de 30 empresas que sigue creciendo aun en tiempos de pandemia.

Alternativa. ¿Cuándo se vinculó con Barú y cómo surgió este proyecto del hotel Las Islas?

Jean Claude Bessudo. Hace pocos días, en una cena en Palacio, el presidente Duque me hizo la misma pregunta y le conté que había dos ‘culpables’ del origen de este hotel: el doctor Iván Duque y el mafioso hondureño José Ramón Mata Ballesteros. “A ver, Jean Claude, barájemela despacio, ¿Yo qué tuve que ver con su hotel?”, me dijo. Le aclaré que no me refería a él sino a su padre, Iván Duque Escobar. “¿Cómo es eso?”, me volvió a preguntar.

Lo mismo le pregunto…

Sí, Iván Duque padre, en esa época (1985) ministro de Desarrollo, pensó que yo sabía algo de turismo y me citó al despacho para preguntarme qué tipo de construcciones hoteleras debíamos promover en el país. “Ministro, construcciones que jamás sean más altas que una palmera y se fundan en el paisaje; con pocas habitaciones, pero muchas opciones a lo largo y ancho del territorio nacional, porque Colombia tiene mucho que mostrar y mucha diversidad”, le respondí. Me pidió un ejemplo y yo le dije: “Vamos a Bahía Taganga donde hay un hotelito llamado La Ballena Azul y le muestro lo que debe ser el turismo sostenible y ecológico”. Me indicó que me llevara a su viceministra y le mostrara lo que se debía hacer. Y yo la llevé con la promesa de que Taganga era un pueblito calmado de pescadores.

¿Y no era así?

Cuando llegamos había un picó y un parlante de un metro con veinte de alto cada 50 metros; de cada uno salía música diferente desde las 10 de la mañana hasta las dos de la madrugada. Eso sucedió en una Semana Santa. El Jueves Santo la bulla pasó de 16 a 24 horas y 200 o 300 señoritas –que ya no eran tan señoritas– invadieron el pueblo. Ante semejante ruido, y al no poder dormir, llamamos al presidente Belisario Betancur y le pedimos prestada la Casa de Huéspedes de Cartagena. Al día siguiente me fui en una lanchita a buscar un terreno en Islas del Rosario, para construir una casa buscando que jamás nos volviera a ocurrir eso. Allá me dijeron que no había nada, pero que fuera a Barú, donde finalmente compré un primer lote… El presidente Duque, obviamente, preguntó que en dónde entraba en todo esto el mafioso hondureño.

Para nosotros, el mayor capital lo constituyen los boyines que no permiten el acoso de los vendedores ambulantes, como se ve en las playas de Cartagena.

Claro… ¿Dónde estaba la conexión?

Pues resulta que Mata Ballesteros contó que por el ‘buen servicio’ en “La Modelo” había dado una ‘propina’ de dos millones de dólares y milagrosamente se abrieron las puertas de la cárcel. Y él se fue a festejar a Bahía Taganga y llevó a unas amigas. Por eso la fiesta pasó a 24 horas diarias (risas).

¿Cómo pasó de ese primer lote a lo que tiene hoy, con toda la estructura en madera fundida con la vegetación?

Poco a poco. Compramos más terrenos y cuando ya teníamos todo empezamos el proyecto. El primero de enero de 2017 arrancaron las obras y se inauguró en mayo de 2018.

¿Siempre pensaron en un visitante extranjero que buscara verde y lujo?

Cuando inauguramos el hotel, yo lo afilié a Leading Hotels of the World, pero no me atrevía a cobrar 250 dólares diarios porque me parecía muy caro para Colombia. Los de Leading me dijeron: “Señor Bessudo, si usted no cobra 850 dólares por noche, la gente va a pensar que el hotel es malo y no lo podemos afiliar”. Seguí el consejo y con esa tarifa el hotel tuvo una excelente ocupación con 95 % de extranjeros.

  • “Las Islas” es una compleja estructura de cabañas de lujo al nivel de playa y entre los árboles.
  • Las cabañas tienen todas las comodidades posibles, algunas incluyen jacuzzi o piscina privada.

¿Y qué pasó cuando llegó la pandemia?

Con la llegada de la pandemia tuvimos un cierre de la conectividad en Colombia y se quedaron los huéspedes atrapados. Entre ellos, un primo del Príncipe de Mónaco, quien había venido por una sola noche y terminó quedándose cinco meses (risas). Eso ayudó a que el hotel siguiera manteniéndose durante un tiempo. Cuando se volvió a permitir la actividad hotelera, en octubre pasado, el hotel –con un tarifa de 1.300.000 pesos/noche– recibió huéspedes colombianos, pero ya hoy estamos entre 40 y 60 % de clientela extranjera. Mientras la industria hotelera no pasa del 12 o 14% en ocupación, en Las Islas estamos cerca del 100 %. Hemos logrado entender que es el servicio de lujo y la población de Barú lo que atrae.

Precisamente, ¿cómo es la relación del hotel con la comunidad?

Cuando nos instalamos ahí con una cabaña, hace 35 años, lo primero que hizo mi esposa fue crear la Fundación Aviatur en el pueblo, y en una casa grande se instaló un taller para hacer pareos. Las señoras trabajan allí sus diseños –incluso les hemos traído diseñadores del exterior en alianza con Artesanías de Colombia– y venden sus productos. Diez mil pesos son para reposición de materiales, otro tanto para la fundación y lo demás es para cada señora que los hace. Cada pareo o cada bata se vende en 120.000 o 200.000 pesos. Esto da empleo a muchas mujeres cabeza de familia, que consiguen así el dinero para la educación de sus hijos o sus viviendas.

La clave del éxito es ser feliz y ser feliz es el equilibrio entre las necesidades del cerebro, del corazoncito, del bolsillo, de la barriguita, y de ‘un poco más abajo’.

¿Cuáles fueron las claves del acuerdo con la gente de Barú sobre el hotel?

En la consulta previa dijimos: “Si queremos un hotel de lujo, hay que conseguir que la Dirección Marítima (Dimar) nos otorgue un espejo de agua y nos deje poner una boyas; también, que nos autorice unos boyines para que no haya vendedores ambulantes en las playas”. Hicimos la gestión y les informamos a los encargados de la Dimar: “Si ustedes aceptan eso, hay hotel y 200 empleos; si no lo permiten, no hacemos hotel, porque el acoso a los turistas no es compatible con la hotelería de lujo.

Les explicamos también que habría un centro para vender las artesanías manejado por ellos y que el 90 % de la gente que trabajaría allí sería del pueblo. Por fortuna, entendieron.

¿Cómo fue luego la etapa de diseño y construcción?

Antes de eso, una anécdota: teníamos un convenio con el hotel Santa Clara Sofitel para que Las Islas fuera filial y ellos hicieran el diseño y lo administraran. Al firmar encontré que en el contrato decía que permitíamos “hacer paisajismo”. Pregunté qué era esa vaina y me dijeron: “Es cortar árboles para que haya perspectiva”. Y les dije: “¡Ni por el putas! No he permitido jamás cortar una rama durante 35 años; no lo voy a hacer ahora. Como no hubo acuerdo, decidimos construir y operar el hotel nosotros mismos.

¿Y cómo siguieron avanzando?

Teníamos diseños muy buenos de dos arquitectos, pero una semana antes de empezar decidí que no lo haríamos de ese modo porque lo que se planeaba para el segundo piso debía estar dentro de la vegetación. Como íbamos tan bien con la concesión en el Parque Tayrona opté por hacer algo similar, con arquitectura caribe, y el segundo nivel lo construimos en altura. Buscamos una firma francesa experta y todo salió muy bien. Por eso, ahora que todo el mundo pide piscinas en altura, estamos haciéndolas en el aire.

Entiendo que en las obras hubo gran participación de la comunidad…

Tuvimos hasta 700 personas del pueblo trabajando en la construcción. Hemos tratado al máximo de trabajar y aprender juntos, sin descuidar la calidad. Todos los trabajadores deben pasar pruebas de polígrafo y no tener antecedentes o asuntos pendientes con la justicia relacionados con robos o tráfico de estupefacientes, por ejemplo. Hoy contamos con 220 empleados.

Al hotel se puede llegar en lanchas privadas y por carretera, pero hay, además, servicio de helicóptero.

¿Qué lección le dejó a usted como empresario este periodo de la pandemia?

Una: adaptarse, adaptarse, adaptarse. Ni en las peores pesadillas nos imaginamos cinco meses sin conectividad. Pagamos todos los sueldos durante tres meses, pero después nos tocó suspender a 1.500 personas. Hoy todavía nos quedan unas 690 suspendidas. Hemos cerrado oficinas y tenemos más páginas de internet, que son muy eficientes. Mientras la empresa estuvo totalmente cerrada vivimos de las compras en el exterior, de gente en China o Suiza que buscaba un vuelo Katmandú-Nueva Delhi… Y todo gracias a tener páginas reconocidas.

Lo otro es que hemos creado nuevas empresas para tratar de sobrevivir. Una para ubicar a la gente que nos sobraba. Otra para poner a 100 ingenieros de sistemas a trabajar en tecnología para la industria turística. Y una más, que acabamos de inaugurar, enfocada en soluciones hoteleras.

¿Fue fácil para usted construir una empresa turística en Colombia?

Los comienzos fueron por ‘necesidades del servicio’. Cuando te llaman diez veces al día para pedirte ayuda con un cupito para transportar flores u otra cosa, pones una agencia de carga con un gerente y un mensajero. Hoy esa empresa tiene más de 600 empleados y oficinas en todos los puertos. Tengo una treintena de empresas y vamos creando la que se va necesitando.

¿Cuál es la clave para acumular tanto éxito como empresario?

La clave del éxito a nivel individual es ser feliz, lo que significa el equilibrio entre las necesidades del cerebro, del corazoncito, del bolsillo, de la barriguita y de un ‘poco más abajo’ (risas). Si tienes todo eso satisfecho y en los porcentajes adecuados, según la edad, eres feliz. Y las empresas felices son las empresas que mantienen el equilibrio entre lo financiero, lo comercial, lo administrativo y también lo tecnológico, área que resuelve muchos problemas.

La pandemia me dejó una lección: adaptarse, adaptarse, adaptarse.

¿Hacia dónde se debe orientar el turismo en el país?

Deberíamos enfocarnos en darle mejor utilización a lo que hay y en hacer turismo sostenible en todo el país.

¿Cuáles son sus sensaciones sobre el momento del país?

Mientras no concluya la vacunación a nivel mundial y a nivel local será muy difícil redespegar. Suponemos que será en diciembre de 2022. Y habrá que esperar dos años más para crecer de nuevo.

Hay temor por la posible llegada de un gobierno de izquierda con Gustavo Petro, con quien usted se ha reunido. ¿Ve justificada esa preocupación?

Siempre digo que escojo partido el día de la posesión en Palacio. Entonces, no nos anticipemos. Además, nadie quiere que se acabe el país ni por ideología ni por nada. Creo también que los márgenes de maniobra de los gobiernos, fuera de ministros y embajadores, son pocos. En un mundo globalizado tienes una infinidad de obligaciones. Esa es mi respuesta.

¿Confía en el futuro de Colombia?

Sí. Cuando estallaban las bombas de Pablo Escobar pude haberme ido a otro lugar, pero a mí y a mi familia nos gusta estar aquí. Somos felices y lo importante es ser feliz.